Por Pablo L. Nicolini
Una temporada atípica, rara si se
quiere, nos ha tocado vivir en esta primavera. Los primeros meses de
calorcito no rindieron lo bien que suelen rendir en el dique San Roque,
probablemente porque la escasez de agua hizo que las tarariras se
mudaran un poco de sus residencias habituales. Además la
tremenda presión que durante la 2010/11 sufrieron los pesqueros
tradicionales, hizo que la nueva temporada nos encontrara haciendo
pescas no acostumbradas, donde llegamos a cambiar las cucharas n° 3
por n°1 o 0 ya que, o bien las tarariras estaban ausentes y nos
enfocamos en otros peces como dientudos y pejerreyes o porque las
hoplias que picaban eran muy pequeñas.

Insospechadamente tal situación
varió súbitamente con la llegada de noviembre. El
esperado alivio de las primeras lluvias, acompañado por el
aumento del tamaño de los ejemplares cobrados (aunque no de la
frecuencia de las capturas), hicieron que los pescadores se volcaran
masivamente sobre las zonas habilitadas por la veda costera que la
provincia regula en la época.
Asociada a la veda, la falta
de agua que afectaba al arroyo Mojarras, circunstancia que el
Chorrillos no sufría tan notoriamente, nos impulsó a
concurrir más asiduamente a este último ámbito,
donde nos encontramos otro evento sorprendente: el impulso reproductivo
movilizó a las carpas pero muy especialmente a los bagres a
arrimarse a la costa del Chorrillos.
Tuvimos la suerte de lograr ambas especies
con artificiales, la primera con cucharas giratorias (una waterdog
blanca con puntos negros adornada de plumas blancas y rojas) mientras
que el amigo Diego Romero capturó una extraña carpa
deforme con mosca. El ciprínido tenía una curiosa
malformación en la columna que a la altura de la aleta dorsal se
doblaba casi en ángulo para formar una “Z”.

La semana siguiente realmente se
notó la diferencia. El lago había subido algo más
de 20 cms y algunas estructuras que antes habíamos visto, en ese
momento se hallaban cubiertas por el agua. Las orillas que antes
estaban cubiertas de pasto ahora estaban tapadas de agua y en medio de
la vegetación los bagres agitados por el cortejo nupcial
rompían el silencio con borbollones y pequeños saltos que
llevaban sus frenéticos cuerpos fuera del agua. No hay palabras
para describir el espectáculo que se desplegaba ante mis
fascinados ojos. Tan absorto estaba que no atine a fotografiar ni
filmar lo que la naturaleza tan generosamente me regalaba, hasta pasado
un buen rato.
Pasada la excitación de tan singular
experiencia nos entregamos a la pesca, y los resultados no se hicieron
esperar. Al principio los portes no fueron significativos pero la
cantidad suplía con creces la calidad, ya que teníamos
piques constantes y dada la liviandad de los equipos por los que
optamos disfrutamos sobremanera de la furibunda actividad.
Las taruchas eran pequeñas pero
gorditas y muy batalladoras. Mi compañero en la jornada, Sergio
Bravo, mostró toda su pericia pinchando taru tras taru con
ejemplares cada vez mayores. Muchos de los peces se escapaban tras una
breve lucha, en parte debido a la poca potencia de clavada de las varas.
De cualquier manera la intensa actividad, sumada a la enorme
satisfacción que brindaba tener la caña doblada al
máximo, compensaba por demás los piques fallidos.
Aunque
parezca raro, esa actividad sólo hizo que las tarariras
más chicas fueran desapareciendo de la escena para dejar su
lugar a algunas más interesantes, raleando un tanto los piques,
eso sí.
Los ejemplares cobrados revelaron algo
más, muchas de las hoplias no presentaban evidencia de capturas
anteriores. Y eso se mostraba además en la fuerza con la que
batallaban y sobretodo con la velocidad con la que se recuperaban al
devolverlas a su medio.
Sergio no dejaba de tener capturas, no
importaba donde arrojaba su engaño. La pericia y el ojo
analítico de un pescador avezado le permitieron redondear una
docena de capturas y muchísimas perdidas.
No importaba donde intentábamos la
pesca los tiros siempre tenían respuesta. Hasta cuando nos
cambiamos de orilla, por la cantidad de colegas pescadores que se
llegaron a la zona, las
capturas continuaron.
La cima de una jornada tan maravillosa fue
un ejemplar muy interesante, tal como nos había brindado el lago
en temporadas anteriores. Una tararira gorda y oscura que Sergio obtuvo
con una giratoria negra y que luchó valientemente hasta que el
pescador la libró del engaño y la regresó a su
morada acuática. Un ejemplar que vivirá para dar
satisfacción a otro pescador, ojalá muchos más
repitieran ese gesto.